La señora Hastings era una anciana muy distinguida.
Aún conservaba algo de su juvenil belleza. Medía, por
lo menos, más de un metro ochenta centímetros, era
delgada; pero no sólo era la altura y su particular belleza lo
que había llamado mi atención. En uno de sus dedos, tenía
un anillo con el diamante más grande que hubiera visto.
No sé mucho de joyas, pero les aseguro que éste tendría
todos los quilates que hacen costoso a un diamante.
Era famosa por su excentricidad. Dicen que estaba
loca. Temí que la razón por la cual había sido invitado,
fuera por algún capricho de la señora y que de alguna
forma, me hiciera quedar en ridículo. Tuve el presentimiento
de que algo raro estaba por suceder.
La fiesta era en honor de la señora Hastings. Celebraba
50 años de estancia en México. Pude distinguir
a las personalidades más conocidas del medio social de
Guadalajara. Aún no sabía por qué había sido invitado.
El sobre estaba en el parabrisas de mi coche saliendo de
la oficina. Al principio, creí que era una broma, pero
cuando llamé al teléfono que aparecía al calce de
la carta, me contestó una muchacha en casa de la señora,
confirmando la invitación. Y ahí me tenían, solo entre
la gente más importante de la ciudad.
Por fin, logré vencer mi timidez y me acerqué a la
señora para agradecer sus atenciones.
—Disculpe la intromisión, señora Hastings, soy
Jerónimo Bojórquez.
La mirada de la señora Hastings, me pareció familiar.
Era como si la conociera hace mucho tiempo.
Me miró de pies a cabeza.
—Eres más flaco de lo que esperaba.
No pude ocultar mi sorpresa. Su tono de voz me
recordaba algo. Mi mente se quedó en blanco. No supe
que contestar.
—¡Vamos Jerónimo!, di algo. No te quedes callado.
—Disculpe usted, señora, ¿acaso nos conocemos?
—Digamos que no nos hemos visto. Dejémoslo así.
El diálogo con la señora Hastings, me estaba agobiando.
Era demasiado misterio para una sola noche.
—Tranquilo, Jerónimo; te preguntarás porqué te he
invitado a mi fiesta. Ven, vamos a la terraza a platicar.
El jardín era enorme. De noche parecía un bosque.
Nos sentamos en un elegante sillón de piel al lado de
una fuente.
—Señora Hastings, francamente no entiendo nada.
Es un honor estar en su fiesta, pero le agradecería que
me dijera por qué he sido invitado.
—Sé que eres escritor, Jerónimo. Quiero que escribas
mi biografía.
—¿Yo?, pero si hay infinidad de famosos autores que
quisieran narrar su vida. Yo sólo soy un principiante.
—Precisamente, por eso quiero que seas tú quien la
cuente. Necesito a alguien fresco, que escriba sin
protagonismos.
No cabía en mí la alegría. El redactar la biografía
de un personaje tan conocido, me llevaría a la fama.
Mi vida estaba a punto de dar un vuelco.
—No se diga más, señora, acepto encantado. ¿Cuándo
quiere empezar?
—Ahora mismo.
—Pero, no vengo preparado. Necesito una grabadora
y mis cuadernos para trabajar.
—Quiero que lo hagas de oído. No perdamos tiempo.
Por ahora sólo te daré la versión corta. Mañana empezaremos
con los detalles.
—De acuerdo, señora, la escucho.
Nací en Worlington, Inglaterra. Un pequeño pueblo
al norte de York. Mi familia era muy pobre. Mi padre
trabajaba para el dueño de una tienda de juguetes.
Desde pequeña, tuve aptitudes para la danza. Asistiendo
a funciones de teatro callejeras, aprendí a
mover mi cuerpo de tal forma, que a los 16 años
recibí una invitación para trabajar en un grupo de
baile local. Oculté a mi padre mi pasión por el baile.
Era un hombre muy conservador, y estaba segura
que desaprobaría mi decisión.
A los 18 años, el director de una reconocida
escuela de baile en Londres, que iba de paso por el
pueblo, me invitó a unirme a su grupo. Me ví en la
necesidad de pedir la aprobación paterna. Como lo
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había imaginado, mi padre no permitió que su única
hija, se convirtiera en bailarina. Mucho menos que
me mudara a Londres.
Me armé de coraje y me escapé de casa. Me mudé,
en donde me esperaba una ascendente carrera. De mi
familia, nunca supe nada más…
Me convertí en una celebridad. En todas las fiestas
y cocteles de la alta sociedad, era una de las invitadas
de honor.
Una noche, en una de esas fiestas, un importante
productor de teatro neoyorkino, me invitó a hacer
una gira en Estados Unidos como parte de su elenco.
A mis 21 años, era la estrella principal de una de las
compañías teatrales más importantes de Brodway.
Me casé con mi mecenas. Me duplicaba en edad. Aún
con la diferencia generacional, fui feliz con él.
Pero, de la noche a la mañana, mi vida dio un
vuelco. Mi esposo murió de un ataque cardiaco.
Heredé toda la fortuna que dejó. A los 28 años, era
una viuda millonaria. Tenía muchos pretendientes, pero
quien robó mi corazón, fue un hombre de negocios
mexicano, que compraba telas finas en Nueva York
para venderlas cinco veces más caras en México.
Nos casamos en su hacienda, en San Luis Potosí.
Vendí todas mis propiedades y unimos nuestras
fortunas. Así, nos convertimos en la familia más rica
del estado. Procreamos cuatro hijos, dos mujeres
y dos hombres; fueron los años más felices de mi vida.
De repente, la desdicha llegó de nuevo a mi vida.
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Descubrí que mi esposo tenía una amante. Era una
trabajadora de la hacienda, con quien tenía dos hijos.
Mi orgullo me llevó a fugarme con tres de mis hijos a
donde él, no me pudiera encontrar. Para esas fechas,
él estaba de viaje en Europa con nuestro hijo menor.
Tomé la mitad de la fortuna y me vine a vivir aquí, a
Guadalajara. De mi marido y de mi hijo, ya no volví
a saber nada. Lo único que sé, es que el padre de mis
hijos murió hace un año.
Mi corazón latía rápidamente. No daba crédito a lo
que escuchaba. ¿Sería posible? Mi padre había muerto
hace un año exactamente. Había perdido su fortuna hace
tiempo. La historia de la señora Hastings parecía estar
ligada, de alguna forma, a la de mi padre.
Mi padre fue abandonado por mi madre y mis hermanos,
precisamente en su hacienda, en San Luis Potosí.
Debido a la depresión anímica que siguió al cruel abandono,
en pocos años quedó en la ruina. Yo me mudé a
Guadalajara a los 20 años.
—Veo que lo vas entendiendo Jerónimo –dijo en un
tono algo sarcástico.
—¡Está usted loca! Ya me habían hablado de usted.
¡Sólo quiere jugar con mis sentimientos! Debe haber
averiguado mi vida para jugar conmigo. Ha perdido la
razón.
La dejé hablando sola y salí de prisa de la mansión.
* * *
Ya habían pasado ocho años, desde aquel extraño
encuentro con la señora Hastings. Estaba por mudarme
al Distrito Federal. Una mañana, cuando leía el periódico,
descubrí decenas de esquelas anunciando la muerte
de la señora. Sentí lástima por la pobre y desquilibrada
señora.
* * *
El día de la mudanza, cuando empacaba las pocas cosas
que mi padre había dejado después de su muerte, cayó
al suelo una foto en blanco y negro al suelo. Estaba
recortada la cara de la mujer que cargaba a un niño.
Era yo, con unos dos años de vida, abrazado por la que
supuse, era mi madre. Me quedé blanco al descubrir
en sus grandes y finas manos, aquel hermoso anillo con
un gran diamante. Era el mismo que llevaba la señora
Hastings en aquella fiesta.