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Huelga Loca

Posted Octubre 26th, 2009 by fvalencia

-¿Qué pasa? ¿De dónde vienen esos gritos?
-¡Huelga, Don Gregorio! -¡Los trabajadores han estallado una huelga!
-¿Qué dices? ¡No lo creo! Pero, si todo va sobre ruedas en la fábrica. ¡Nunca estuvimos mejor!
-No se ponga a indagar. ¡Lo voy a sacar de aquí! Al parecer hay brotes de violencia en el área de fundición. Si a alguien se le van a echar encima, es a usted. ¡Venga, vámonos!
-¡De aquí no me mueves! Ésta fábrica ha sobrevivido a tres generaciones. Y, miles de personas han forjado su vida profesional y el bienestar de sus familias aquí mismo… Mi buen Juan, fiel administrador, ¡vete! ¡Y rápido! Diles a todos los trabajadores administrativos que se retiren ahora que pueden. Que no se preocupen por su salario, yo me encargo de ello.

Juan no insistió; después de despedirse de Don Gregorio fue hacia las escaleras y se escabulló acompañado de sus 2 asistentes.

Don Gregorio simplemente se sentó en un cómodo sillón de su sala de juntas y esperó, con paciencia y valentía, los acontecimientos a venir.

Transcurrieron unos 20 minutos hasta que golpearon violentamente la puerta. Con mucha calma, aquel hombre sexagenario abrió las puertas de su despacho. Unas 15 personas, hombres y mujeres, gritaban al unísono: ¡Huelga! ¡Huelga! ¡Muerte a los patrones!

Don Gregorio reconoció en el tumulto a la señora que todas las mañanas aseaba su oficina; de hecho, la consideraba una amiga casi íntima, ya que en sus pláticas matutinas que llegaban a sostener, compartían sus alegrías y pesares del día anterior. Sintió tristeza, mucha…

-¿Qué sucede margarita? ¿Qué hice mal?

La señora encargada de la limpieza expresó culpabilidad en su rostro: lentamente, se alejó de la multitud.

Fue un golpe seco en la nuca, que uno de los trabajadores huelguistas le propinó con una llave Stillson. Perdió el conocimiento al instante…

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8 años después…

Reconoció a su esposa. Aunque algo había cambiado considerablemente en ella. Tenía un mechón de canas que, elegantemente, cubría parte de su frente. No pudo hilvanar palabra alguna. Volvió a dormir profundamente…

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Escuchó una voz femenina que, dulcemente, lo invitaba a despertar.

-¿Por qué me siento tan cansado? Y, ¿Quién es usted, señorita?
-Don Gregorio, está usted despertando de un estado de coma profundo. Le explicaré sin rodeos. Ya son ocho años los que ha permanecido inconsciente. Todos los trabajadores del hospital consideramos que fue un milagro, cuando hace unos días su esposa nos informó que lo había visto abrir los ojos.
-¡Mi esposa! ¿Dónde está Elena?
-Lo espera con sus hijos en la sala de visitas. Escuche, Don Gregorio, debo advertirle que muchas cosas han cambiado desde aquél trágico accidente en su fábrica.
-Elena no tenía una sola cana. Entonces, no ha sido un sueño…
-No, Don Gregorio, no lo ha sido…

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Ya eran dos meses que estaba en reposo en el departamento donde vivía Elena. Era un sencillo piso con 2 recamaras y una pequeña sala que hacía también la función de comedor; además de albergar una pequeña y modesta cocina integral.

Su esposa le contó detalles de lo acontecido desde el estallamiento de huelga. Un subjefe de mantenimiento lo había golpeado (como ya lo relaté) con una llave del taller.

Elena y sus hijos decidieron mantenerlo vivo artificialmente hasta que despertara; o, en su defecto, expirara.

Seguía impactado con las descripciones que su esposa le daba de lo sucedido en los últimos 8 años. El líder sindical había azuzado a los trabajadores hasta convencerlos de que su patrón era un explotador. Estalló una “huelga loca”. El complejo industrial había permanecido cerrado por 3 años. El líder se salió con la suya; constituyó una cooperativa para así adueñarse de la fábrica.

Cinco años después de iniciar operaciones, el negocio quebró. Los nuevos cooperativistas no consiguieron administrar adecuadamente la operación.

Don Gregorio, aún más triste, se enteró que los trabajadores (como, tristemente es común) se quedaron sin patrimonio. Y, para empeorar las cosas, no conseguían trabajo ya que su pasado huelguista relucía una vez que los posibles empleadores investigaban sus antecedentes.

El susodicho líder se embolsó las cuentas por cobrar. Y, ¡vaya que fue una suma considerable!

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En el pequeño departamento de Elena y Don Gregorio, celebraba toda la familia la Noche Buena. El feliz matrimonio, sus 5 hijos y 15 nietos

Cuando estaba la familia repartiéndose los humildes regalos; de pronto, un rayo de felicidad iluminó el corazón del antiguo empresario y, cargando a su más pequeño nieto, miró a Elena, y alzando la voz (con un rostro de alegría indescriptible) dijo- soy el más feliz obrero, ahora que trabajo como montacarguista en la fábrica cementera, éstos años han sido los más felices de mi existencia

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